Por lo general mi mamá, mi hermano y yo solíamos ir a a la pileta del
Club Social y Deportivo Quilmes Oeste al mediodía, aprovechando que
en ese horario no había mucha gente y así podímos usar las
instalaciones sólo para nosotros. La molestia era que teníamos que ir
con nuestra mamá ya que había que ir acompañdo de un mayor para que
los menores pudiésemos hacer uso completo la pileta en ese horario
específico. Yo tenía 10 años y me hermano siete.
El problema de ese día fue, como frecuentemente ocurría, que a mi
viejo se le ocurrió comer pollo al horno y por lo regular no solía
cumplir con los horarios de llegada para cuanto la comida estuviese
lista. Con lo del pollo a punto eso era una gran molestia. La hora
pasaba y el señor de la casa no aparecía y el humor de mi vieja iba
pasando de festivo a tétrico y ya la ligábamos nosotros que no
sabíamos donde meternos como era habitual cuando había conflico entre
nuestrs mayores.
Finalmente mi señor padre llegó bastante tarde, tanto que ya no
parecía práctico que nos molestásemos en concurrir a la pileta dado
que para esa hora ya se debía haber acumulado bastante gente, lo que
no le gustaba mucho a mi madre y aunque nosotros quisiésemos ir
igual, no era lo tradicional que fuésemos sólos, ya que éramos bebés
de mamá. Mi padre comió su pollo en solitario silencio enfrentando la
enculada cara de su esposa, la que no le dirigía la palabra, lo que
hizo que al señor se le atragantara el alimento. La señora tampoco
contestataba amablemente nuestros requerimientos de partir hacia la
pileta.
Mi viejo terminó de comer sin decir nada y se fue a dormir la siesta
con cara de pocos amigos y en sepulcral silencio. Nosotros
esperámbamos la bendición maternal para nuestra partida pero éramos
insultados por lo bajo como si la culpa fuera nuestra por tener
semejante padre y no hacer nada al respecto. Ella se puso a lavar los
platos haciendo todo tipo de ruidos con la vajilla mientras mi padre
trataba de dormir o eso suponíamos. Después de haber cumplido con el
lavado y secado de la vajilla se puso a planchar la ropa con todo
tipo de golpes de plancha contra la mesa para despertar a los
muertos. Para ese entonces ya habíamos perdido toda esperanza de
concurrir a nuestra Club pero el clima estaba, además, muy enrarecido
y se temía lo peor.
Al fin estalló la bomba. Tanto golpe de plancha hizo que mi viejo se
levantara abruptamente de la cama, dando un alarido, y marchando
decididamente hasta donde estaba mi vieja planchando en la cocina.
Cuando llegó hasta la mujer le dio un saque con su manaza que
se escuchó en toda la casa poniendo fin así, a esa hostil actividad de
protesta. No contento con ello mi padre vino hasta donde nosotros
estábamos refugiados y nos amenazó con darnos con un zapato si
llegábamos a faltarle el respeto. Ni falta que hacía ya que estábamos
aterrorizados y nos quedamos de una sola pieza. Después de unos
minutos de que mi viejo se fue a acostar, esta vez para dormir en
serio, fuímos a testear los daños y vimos a nuestra hostil madre
tirada en el suelo medio agarrada de una silla y volvimos sin decir
palabra hasta nuestro refugio. Toda una familia muy normal.
Claudio Acuña
claudioacuna@...