En el Club Quilmes Oeste se podía decir que éramos médicamente
campesinos. Para ingresar a la pileta de verano teníamos que sortear
una revisión mensual donde el médico sólo nos miraba la boca, debajo
de los brazos y las manos y pies. Cuando fuimos al Club Atlètico
Independiente nos encontramos con una cultura médicamente más
desinhibida. Yo tenía 16 años y me tuve, insólitamente, que retirar,
por primera vez en mi vida, mi prepucio para ver, también, por
primera vez mi cremoso y roñoso glande. Toda una sorpresa para mi que
fui dado de baja por suciedad en una cosa de la que no se hablaba en
mi familia.
Cuando volví a mi casa todo enojado, humillado y avergonzado
simplemente les dije que no me habían dado la autorización para
ingresar a la pileta porque tenía los pies sucios, lo que, también,
era cierto, pero menos humillante para nuestra cultura. Como mi
entrenamiento en esas lides de no decir nada vergonzoso yo era un
alumno bien preparado, mis padres se creyeron mi cuento pues sabían
que eso era posible pues yo era mugroso y factible el hecho que
hubiese ido a revisión médica con los pies sin lavar porque era
invierno y yo un haragán para bañarme. Días después le tocó a mi
hermano Eduardo ir a revisión médica por primera vez en ese club.
Yo no le dije nada, porque de esas chanchadas nosotros no hablábamos,
pero suponía que el tipo sabía menos que yo porque con mis padres de
esas cochinadas él tampoco nunca hablaba. Por supuesto que el
grandulón fue con la mamá, porque eso era. Un ignorante bebé de mamà.
Yo, que ya había aprendido duramente mi lección mediante una
vergonzosa experiencia, hacía algunos días que estaba retozando en la
pileta y se dio el caso que estaba en ella en el momento en que mi
hermano entraba a revisión con la compañía de mi madre que quedó
afuera de las puertas del consultorio, ignorantes ambos inhibidos
seres de la humillación que les esperaba.
Desde la pileta que estaba un piso más abajo que el consultorio pude
ver toda la increíble escena que estaba previsto se iba desencadenar
y yo podía mirar con una suerte de increible mezcla de curiosidad,
vergüenza, sadismo y regocijo ante la ingnorancia de esa gente
estúpidamente inhibida. Cuando mi hermano entró al
consultorio lo hizo todo lustrado y planchado, porque no quería que
le pasara lo que a mi. Claro que tenía todo lustroso menos los
lugares que no esperaba se revisasen. Así salió mi hermano, de 14
años, como escupida del consultorio, todo colorado, lloroso y
desencajado. Se le acercó mi madre con preocupación para ver que
había pasado y unas pocas palabras de mi hermano la pusieron a ella,
también, toda enrojecida y aturdidada. Toda una hilarante escena para
el que sabía el drama que se desarrollaba en frente. Yo no pude más
de la risa y la vergüenza ajena y me sumergí bajo el agua dando
carcajadas y todo colorado.
Claudio Acuña
claudioacuna@...