El doctor Leopoldo Regirozzi se autodefinía como médico
psicoterapeuta. Así lo hacía para evitar el escarnio de la palabra
psiquiatra que tiene muy mala onda en el humanístico ambiente de los
loqueros y sus pacientes, donde se considera que los psiquiatras son
para los locos mientras que los psicólogos son para aquellos tiernos
intelectuales que buscan el autoconocimiento superador. El doctor
tenía funcionando tres grupos de terapia guestáltica desde hacía un
tiempo cuando yo lo encontré. Este médico picoterapeuta había puesto
un anuncio en la revista "Uno Mismo" ofreciendo sus servicios
terapéuticos alternativos. En el ambiente de los loqueros se
considera lo alternativo como poseedor de una esperanza
verdaderamente práctica de curación para gente con
trastornos emocionales en comparación a lo tétrico y deprimente que
resulta el árido psicoanálisis, que en realidad sólo parece útil para
gente muy, pero muy normal. Aquella que es considerada sana y
evolucionada antes de comenzar.
Me puse en contacto con el doctor Regirozzi y le dije sin vueltas lo
que andaba buscando. Yo quería un grupo terapéutico donde se pudiese
ingresar sin preámbulos, descartando todo tipo de interacción
individual, las que en mi caso, de terapéuticas no tenían nada aunque
de psicóticas si que tenían mucho. Mi propósito era utilizar a mis
compañeros de grupo como un escudo racional, refugio del sentido
común, que me defendiera de las probables agresiones psicóticas de
parte del o los terapeutas a cargo, mientras llevaba cabo mi
experiencia. Pretendía que mis futuros compañeros fuesen socios de la
misma. Yo me creía muy inteligente al planear ésto y pensaba que
había dado en el clavo. Me modelo de grupo terapéutico estaba basado
en el que había padecido bajo la conducción del doctor Roberto
Kertesz en el Ippem.
Otra de las condiciones ineludibles que yo solicitaba se cumpliese
para mi ingreso a alguno de los grupos era la de que se permitiese al
cliente, en este caso a mí, llevar sus propias objetivos como metas
las que se le ayudarían a alcanzar. Respecto de este punto, Regirozzi
me aclaró, inmediatamente, que en su terapia siempre se buscaba lograr
los objetivos de los pacientes y no los del terapeuta, como parecía
ocurrir en otros lugares. Ésto me lo dijo como algo que se supone del
más elemental cumplimiento. Por supuesto que yo sabía que esto no era
cierto, de acuerdo a lo que había leído y experimentado previamente.
De acuerdo a la psicología humanista, el paciente está en poder del
inconsciente, fuente de toda maldad, locura y perversión. El cliente,
por más voluntariamente que crea ingresar a la terapia, no tiene
derechos porque realmente no sabe lo que le conviene de acuerdo a los
postulados de esa escuela de pensamiento.
Con independencia de lo que el doctor realmente pensase, yo bregaba
por hacer un pacto lo más racional y civilizado posible con el fin de
alejarme, lo más que pudiese, de todo tipo de red psicótica en la que
suelo caer por falta de asertividad. Le informé al médico que mi
objetivo principal era el de practicar la terapia social asertiva tal
cual yo la entendía se enseñaba en el libro básico de Manuel J Smith.
Regirozzi asintió sin más cuestionamientos salvo, el de tener que
entrevistarme con su co-terapeuta, aparentemente para coordinar
horarios y afinar detalles pero, lo más probable, que su intención
fuese la hacer pulir en algo mi barbarie a fin de ponerme en algún
tipo de ablande. Tiempo después, durante nuestra interacción grupal,
Regirozzi confesó que mi presencia ante él, durante nuestra primera
entrevista, le había resultado atemorizante. Eso es natural si
pensamos que estoy en poder del inconsciente y no parezco sentirme
culpable de ello, mientras que con la idiotez de la asertividad
pretendo salirme con la mía sin cambiar mi maléfico ser interior.
En mi encuentro con Luciana, psicóloga co-terapeuta de Regirozzi, me
afané en pedirle un detalle de las reglas de convivencia dentro del
grupo dado que quería evitar cualquier tipo de malentendidos. Estos
malentedidos son, en general, promovidos por los terapeutas mismos a
fin de psicotizar el ambiente dada su pretensiòn de ser los reyes del
manicomio. Una de las reglas que yo quería se aplicase estrictamente
era la de no permitir ningún tipo de agresión física dentro del
grupo. Nada de golpes, manoseos, salivazos, o lanzamiento de objetos
tradicionales en ese tipo de encuentros. Yo pretendía practicar la
asertividad y no lucha libre o boxeo, lo que en manos de gente no
profesional puede terminar bastante mal. El cumplimiento de esa regla
la exigí por lo menos dos veces en mi charla con Luciana, ya que
sabía que en los grupos guestálticos se estimulaba la agresión
física "espontánea" contra los pacientes sospechados de ser díscolos
agentes de los poderes del inconsciente. Se cae de maduro que no hay
nadie más díscolo que aquel que pretende tener objetivos propios
donde no se debe tenerlos.
Los contratos terapéuticos que realizaba con éstos terapeutas me
tranquilizaban algo por lo racional y civilizado que a mí me
parecían, dado que se podría suponer que si yo estaba pidiendo la
Luna ellos me lo hubiesen comunicado inmediatamente y pondrían
reparos a la prosecución de la experiencia evitando males mayores.
Yo,todavía, no tenìa bien en claro que una de las técnicas básicas de
la terapia guestáltica es la frustración del cliente. Todo lo que un
paciente quiere con empecinamiento está mal y le debe ser frustrada
su obtención con un objetivo terapéuticos. Es una forma de tortura
psíquica que todo cliente tiene que soportar, con agradecimiento y
sumisión, mientras evoca situaciones similares en su infancia cuando
quería la papa pero recibía un piñazo, si quiere verse libre de las
ataduras inconscientes que hacen su vida miserable al hacerle correr
tras objetivos perversos. La asertividad, en mi caso, resultaría ser
un objetivo inconcebiblemente perverso, por no decir maléfico. En
consecuencia toda práctica por mi parte de esa técnica debería ser
frustrada a como diera lugar a pesar de que Luciana me mentió en ese
encuentro que la asertividad era un método más que los terapeutas
usaban en su arsenal.
A los inicios de esta nueva experiencia grupal, de más está decir
que, sufrí la tan temida y trumatizante, por la ostensible violación
del contrato pactado, agresión física. Increíble pero real. Habiendo
repelido el embate fìsico y verbal del grupo, los terapeutas y yo
quedamos en una situación peculiar de empate, pues resultó evidente
que no me podían dañar físicamente, mientras que no era mi intenciòn
lastimarlos a ellos sino convertirlos a mi ideologìa. Si hubiese sido
un paciente convencional la situaciòn habrìa finalizado ya sea con mi
retiro de la experiencia o con una permanencia sumisa a los dictados
terapéuticos. Durante las sesiones, los terapeutas no permitían
fácilmente que yo me saliera con la mía pero tampoco podían dominarme
con el cuerpo a fin de anhiquilar mi independencia. Realmente yo
hacía la vida de los terapeutas muy miserable con mi presencia pero
al mismo tiempo ellos trababan con bastante eficacia mi intento de
hablar fluidamente utilizando todo tipo de alaridos y chicanas que
hacían mella en mi distímica personalidad.
En esa época yo pretendìa creer que mis malestares fìsicos eran de
origen psicosomático y en consecuencia reflexionaba que el
crecimiento psicològico iba a conseguir, por arte de magia, disipar
esos molestos trastornos fisiológicos que tanto me hacían sufrir. Ni
siquiera sabía que el clonazepan podría haberme sido muy útil para
sobrevivir a ese tremendo esfuerzo de enfrentar tamaños dislates.
Supongo que esa fue la única vez que en Argentina se realizó este
tipo de experimento en esas condiciones. La carga que yo sentía
durante la experiencia fue tal que tuve que recurrir al apoyo
terapéutico, dado en sesiones individuales, por otro psicólogo. El
psicólogo en cuestión le tocó en suerte ser a José Aranda que, en la
revista "Uno Mismo", ofrecía su sofrología como alternativa a las
terapias tradicionales. Por uno lado yo iba a saber que tan útil era
la sofrología además de evitar, por estar concentrados en ella, la
temida relación psicótica que habitualmente nos ocurría en ese tipo
de encuentros. Era un alivio el saber que el terapeuta iba a tener
que estar ocupado concentrado en demostrarme el valor de su técnica y
no tratando de encontrar un pelo en la sopa.
Casi de lo único que hablábamos en nuestras sesiones con Aranda,
aparte de aplicar la inaplicable sofrología, era sobre la
traumatizante experiencia que yo realizaba con mi grupo guestáltico.
Ésto aliviaba bastante la tensión que acumulaba en las sesiones
grupales y hacía soportable los encuentros terapéuticos sofrológicos.
Se podía decir que yo hacía simultáneamente dos locuras, una
practicar asertividad con el enemigo en mi experiencia guestáltica y
otra, el estar cara a cara con un loquero y su extraño mundo. El
grupo guestáltico de Regirozzi y Luciana, al que yo me habìa
integrado, constaba oficialmente de nueve miembros, aunque en la
realidad nunca llegamos a ser más de siete pacientes, ya que uno de
ellos se iba de alta y el otro dejaba lo grupal para hacer
individual. Después de ocho meses de psicótica interacción el grupo
terminó reducido sólo tres clientes como integrantes verdaderos dado
que Regirozzi no permitía que se incorporase más gente debido mi
maléfica presencia.
La situación psicótica era evidente ya que éramos dos enemigos
irreconciliables frente a frente que volutariamente se sometían a la
tortura de verse las caras con la esperanza de vencer al rival. Así
las cosas di por terminada mi participación, me maldijeron
adecuadamente, me dieron para el viaje y se declaró disuelto el
grupo. Años después contacté telefónicamente con Regirozzi para ver
que había sucedido con él. Ya no hacía terapia de grupo ni
guestáltica, aunque seguía vinculado a Luciana. Ambos se habían
pasado a aplicar técnicas algo menos psicotizantes como ser
bionergética, meditación, gemoterapia y flores de Bach. Aclaremos que
en esa época Regirozzi fue el único de los loqueros entrevistados que
me permitió llevar a cabo la experiencia en alguno de sus grupos.
Claudio Acuña
claudioacuna@...